Redacción Gedesco | 3 Septiembre 2012

Renta variable y renta fija

“El dinero generado por cualquier tipo de inversión”

La renta fija y la renta variable son dos términos básicos que engloban las dos clases fundamentales de inversión que existen en el planeta económico. En ambas, el individuo –si le sale bien- consigue una determinada rentabilidad, unas ganancias como consecuencia de la inversión que ha realizado en unos títulos (acciones, bonos, letras del Tesoro, etc.) o activos financieros. Tener claro estos dos conceptos es esencial a la hora de comprender las posibilidades que las diferentes inversiones ofrecen de lograr beneficios o de terminar en la ruina.

La renta variable se da en inversiones donde el dinero logrado (es decir, la rentabilidad que generan) puede cambiar en función de múltiples factores, existiendo incluso el riesgo de obtener pérdidas. Así, el inversor no conoce de antemano cuál será la rentabilidad exacta del producto en el que ha metido su dinero, pues ella dependerá de elementos como el desempeño de la empresa, el comportamiento del mercado, el estado de la economía general… Los ejemplos más claros de renta variable son: las acciones de la Bolsa, las opciones, los futuros o la mayoría de los fondos de inversión. Por lo general, las inversiones de renta variable generan una mayor rentabilidad que las inversiones de renta fija, pero presentan un mayor riesgo. Además, suelen ser inversiones realizadas a corto o medio plazo.

La renta fija se da en inversiones donde la rentabilidad no varía a lo largo del tiempo, una vez comprado el producto financiero correspondiente (ya que el término fija se refiere a la rentabilidad y no al precio del activo que se adquiere, que está sujeto a las oscilaciones del mercado). De este modo, el inversor conoce de antemano (salvo que ocurra algo excepcional como la quiebra de la entidad que ofrece el producto o una debacle económica nacional absoluta) cuánto dinero va a poder ganar con su inversión. Hay dos tipos básicos de renta fija: primero, la deuda pública, los bonos u obligaciones que emiten los estados o los Tesoros Públicos, como las Letras del Tesoro, que ofrecen una rentabilidad determinada que se paga cuando vence su plazo (que va de 3 a 18 meses); y segundo, la renta fija privada, como los bonos corporativos que ponen a la venta las empresas a medio y largo plazo. En todos los casos, la renta fija funciona como una deuda que adquiere el emisor: el inversor presta dinero al Estado o a una empresa a cambio de una rentabilidad que le será devuelta cuando expire el plazo. La renta fija genera una menor rentabilidad que la variable, pero también es menos arriesgada. Y, en general, se trata de inversiones a más largo plazo.

Los expertos suelen recomendar siempre la diversificación, “no poner todos los huevos en una misma cesta”. Es decir, crear una cartera de inversión que combine la renta fija y la variable para reducir riesgos y beneficiarse de las ventajas de cada clase. Sí existe una norma que no suele fallar: no hay milagros. La renta variable 100% segura no se ha inventado todavía y la renta fija que ofrece beneficios elevadísimos suele resultar ser una estafa.

Este artículo pertenece a la categoría: