Redacción Gedesco | 22 Enero 2013 | Consejos para empresas

El viajero frecuente

En los últimos ocho años probablemente he volado más de lo que pensaba que volaría en toda mi vida cuando era pequeño. Y más allá de las anécdotas que necesariamente han aparecido (desde el clásico ¿hay algún médico a bordo? hasta perder un avión Brasil-Madrid pasando por ser retenido unas horas en Estados Unidos por confundirme con otro), lo que más claro me ha quedado es que no hay una aerolínea perfecta, ya que al bajar del avión las sensaciones siempre son totalmente contrarias a cómo has estado durante el vuelo:

– Si bajas de un super-avión donde has ido en Business (porque te han invitado a algún congreso, por ejemplo) y has pasado 12 horas absolutamente descansado, inmediatamente al pisar tierra te preguntas si no habría sido mejor decir que escogieran un asiento en turista y haber ido más incómodo pero al menos haber conseguido que alguien ahorrara un dinero importante.

– Si bajas del Ryanair de dos horas, después de un retraso, de casi pagar 40€ porque la maleta no entraba en el agujero, de mil músicas cada 3 minutos vendiéndote lotería y con tus rodillas llorando todavía, la sensación es que has volado más barato que nadie y la felicidad te invade al pensar en el guapito que ha pagado 4 veces más en la aerolínea super-guay y además ha ido con retraso (aunque ha pasado ese retraso en una super sala VIP con duchas, comida gratis y zonas chill-out, eso sí).

Así que la duda es eterna: ¿Cual es la mejor opción? Yo ahora mismo apuntaría a un punto medio: Obviando la super-low cost por servicio y riesgos, y quizás también la super high-cost por precio abusivo, hay muchas zonas “grises” en medio donde se puede viajar muy bien y a no-mal-precio, con un servicio genial. Aunque eso sí: Para trayectos cortos, para mi, lo mejor es el tren. Y para todo lo demás… MasterCard 😉

Foto | caio mascarello

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