Cuando hablamos de retenciones, hablamos de una cantidad de dinero que hay que pagar, descontándola del importe total de una factura, de las nóminas de empleados y otras operaciones que la normativa fiscal exige retener. Autónomos y empresas están obligados a aplicar esa retención, para lo que debe pagar un porcentaje del importe total de los servicios que se detallen en la factura o en la nómina. Este importe se ingresa en la Agencia Tributaria, cuando corresponda. Por tanto, una retención es un mecanismo fiscal, es decir, un impuesto que los autónomos y empresarios deben pagar a Hacienda por cada servicio que contraten o compren.

Efectos de las retenciones

El efecto de una retención es neutro para ambas partes, es decir, el pagador abona el importe total de la factura y la retención se ingresa a la Agencia Tributaria. El que presta el servicio o vendedor, cobra el importe neto de esa factura. Una vez se realiza la declaración de la renta o se paga el Impuesto de Sociedades, en el caso de las empresas, se devuelve el importe o se resta del resultado que le sale a pagar si es superior.

Quién tiene y quién no tiene que retener

Todas las empresas, profesionales autónomos y empresarios en el ejercicio de su actividad que compren o contraten servicios, deben pagar sus respectivas retenciones. Además, las renta más habituales a las que hay que aplicar retención son las siguientes: la nómina de los trabajadores, en las facturas de alquiler de los propietarios de los locales o inmuebles que se alquilan para el desarrollo de la actividad empresarial, retención a los profesionales autónomos en las facturas que envían por sus servicios prestados, en las facturas que envían algunos empresarios (personas físicas) que realizan determinadas actividades, y que tributan por módulos (o también llamado estimación objetiva) y la retención de carácter financiero por el pago de dividendos a socios o de intereses de préstamos recibidos.

Por su parte, no están obligados a retener aquellos que no son empresa, empresario o profesional autónomos, es decir, los clientes que no realizan ninguna actividad  económica. Dicho de otro modo, si un cliente va a comprar un producto o servicio a una tienda, no se le aplica retención alguna, siempre que se aun particular.

IRPF e IVA

Los dos impuestos principales que se deben presentar, o las dos retenciones más comunes en las facturas de autónomos y empresas, son en Impuesto de la Renta sobre las Personas Físicas, o IRPF, y el Impuesto de Valor Añadido, o IVA.

En el caso de la retención de IRPF en las facturas, los autónomos y empresarios deben presentar su facturación cada tres meses, y pagar a la Agencia Tributaria el 15% de lo facturado. Este 15% ha entrado en vigor en julio de 2015, ya que hasta ese momento era el 20%. Se facture más o menos, este porcentaje es fijo, y debe abonarse cada tres meses.

En el caso del IVA, se trata del 21%. Toda prestación de servicios está gravada con el 21% de IVA, que se retiene en las facturas. De esta manera, a la hora de emitir una factura se debe indicar el importe por el servicio o los servicios prestados y añadir un 21% de IVA. Este impuesto también debe presentarse cada tres meses y se calcula el 21% de las facturas, pudiéndote desgravar algunos gastos derivados de tu actividad empresarial.

Y una última curiosidad: puedes cambiar tu presentación trimestral de IVA y hacerla mensual. El plazo para solicitar el cambio es este mes de noviembre. Debes comunicar a la Agencia Tributaria tu intención de liquidar el IVA de forma mensual, en lugar de trimestral. Si solicitas este cambio ahora entrará en vigor a partir de enero de 2015.